jueves, 30 de abril de 2009

¿Cómo lo sabes?

Una nota. Así empieza todo. Una nota lleva a la otra, y a otra, y en menos de lo que dura cerrado el ojo en un parpadeo ya las manos están deslizándose por todo el marfil, el palosanto, el ébano, el cuero o simplemente el aire en un loco ir y venir consonante que trasciende el tiempo. Es en ese momento cuando los enormes muros del imperio de la razón caen como si estuvieran hechos de papel de seda y la mente es inundada por una genialidad que solo existe en ese instante, y que se desvanecerá por completo en minutos. Por eso se aprovecha el momento y de manera involuntaria los ojos se cierran para escuchar mejor, el pie golpea el piso con más fuerza que la vez anterior y todo el cuerpo se balancea adelante y atrás atrapado en una danza elevadora. La mente se desocupa por completo, no hay más en el ambiente que sonidos, todo lo demás se desvanece y se pierde en cada vibración de aire, cada nuevo recorrido, cada terminación que parece más perfecta cada vez. Todo el cuerpo se vuelve melodía y ritmo; “cuerpo” por llamarlo de alguna manera, lo que en verdad se vuelve ritmo y melodía es uno. Hasta tal punto que es posible rastrearse en toda esa polifonía, por más simplona y redundante que parezca en oídos ajenos. Y lo que tiene todo este ritual de satisfactorio es que colma la necesidad esa de escuchar al que está ahí, callado; quién es ese que de vez en cuándo quiere salir y decir: “Che, tengo hambre”. Quién es ese enanito que mueve todos los hilos y nos maneja como a marionetas.Este descubrimiento se vuelve bilateral ahora, ya no es uno solamente el que se escucha, sino quienes escuchan el ser en plena armonía. ¿Que cómo lo sé?