Mientras mira la hoja de papel, siguiendo con la vista las mecanografiadas letras que pueblan la página apaisada y que formara -junto con las otras- tan sólo un capítulo intransigente en la inmensidad de un libro, su mano más hábil dibuja en una hoja en blanco algunos prolijos garabatos tratando de salvar del olvido algunas ideas gruesas. Hace ya dos horas que mira la hoja, lee un párrafo y anota una idea que se le escapa por la mitad del texto y vuelve a repetirse el proceso como una danza macabra que se burla de su concentración. Deberían bastar un par de minutos de descanso en los cuales seguramente arrojará la birome sobre el bloc de notas -algo fastidiado, por cierto- , dará uno o dos sorbos a ese mate frío que murió antes de empezar e inevitablemente la mente lo llevará hacia las utopías clásicas.
Sueña con ser una eminencia en su especialidad, con la grandeza, con el reconocimiento de sus largos estudios; vuelven a su mente los sueños a los que renunció antaño, ser músico, pintor, escritor, astronauta, bombero, policía honesto, héroe. ¿Cómo fue que sus expectativas flaquearon tanto? ¿En qué momento resolvió matar sin piedad esas fantasías tan saludables e inofensivas? ¿Cuándo cambió el ansia de conmover y verse gratificado por el fulgor de la gente, por el encierro en una oficina y un reconocimiento ocasional?
Por aquellos momentos, apenas si pensaba en su vida adulta, tan sólo quería compartir su genialidad oculta, pero dispuesta a estallar en el momento oportuno, con el resto del mundo, para que todos juntos pudieran reconstruir un mundo mejor. Y si, aquellos momentos terminaron, tal vez por la edad, tal vez por visitarlos una vez y a las perdidas, tal vez por la seguridad que ofrece una vida monótona a los pies de algún pez gordo, la seguridad de ser un número, nada por lo que la gente se inquiete, frente a la responsabilidad de pararse de frente ante algo irreal y comenzar a construirlo con gran esfuerzo, y si se desmorona comenzar de nuevo como al principio sin jamás exhalar palabra sobre la pérdida sufrida. No, no es para él, la paradoja de no atreverse a examinarse a fondo, cuando se sabe, supuestamente, lo que en verdad se anhela, para ver si se cumple con los requisitos necesarios para conseguirlo, no le provoca sino un extravío en la mirada hacia algún punto fijo en el cemento y apenas un esbozo de sonrisa que se escabulle rápidamente cuando se percata de que alguien lo observa
Garfield