Un felpudo azul mostraba sus letras escarlata diciendo "Bienvenido". Este descendiente de la estirpe alfombril, no hacía distinciones de raza, religión o estrato social. Daba su bienvenida a todos y cada uno de los seres vivos del globo.
Se empujaba la puerta de oro sólido y se entraba inmediatamente en la cocina.
En la heladera se guardaban todo tipo de recuerdos, manteniéndolos frescos para evitar la ranciedad de los mismos.
Al abrir el horno se podía sentir ese aroma a ideas caseras, preparadas diariamente con paciencia por el inquilino, quién se nutría de ellas adecuadamente.
Las paredes del comedor estaban adornadas por tres Dalí, un Picasso inédito y tres Rembrandt más.
Había en la sala de estar un tablero de ajedrez, cuyas piezas estaban continuamente en combate, aunque no hubiese ningun jugador deslizándolas. En ese mismo ambiente, uno podía mirar al exterior a través de tres ventanas distintas. Desde la primera se veía París, en la de su izquierda se podía observar Júpiter, y la tercera daba directamente al infierno.
El cuarto de dormir mostraba una cama de trescientas plazas, con sedas cosidas por la delicada aguja de la Vírgen María. Ella le había dado estas sábanas como regalo de felicitaciones al mudarse.
El placard, cerrado con nueve candados guardaba adentro las tristezas, que se apilaban en desorden y juntaban polvo por el desuso.
El grifo del baño era inutilizable, ya que no se podía uno lavar las manos con sudor de frente. El excusado estaba siempre sucio, mostrando en su superficie, asquerosos restos de ira.
En el jardín graznaban dos dodos, aleteando entre las flores de loto, mientras un pequeño dragón se alimentaba de las hojas del secuoya recién plantado.
Ferf