martes, 18 de noviembre de 2008

La carrera


Apenas una leve brisa entra por la minúscula rendija de la ventana, al poner la mano no se siente nada, pero el movimiento de la cortina es irrefutable. Hace dos horas que el comedor del departamento donde vivo no para de encogerse por la monotonía y la constante paz que no se vio perturbada, como de costumbre, por gritos, pasos o motores. Definitivamente necesito aire, cosa poco usual un martes a las dos de la mañana. El olor a tierra mojada que ya invade el ambiente me pide por favor que no salga, pero hace tiempo que mi razón y mis impulsos cinchan en polos opuestos de la cuerda de mis acciones, y definitivamente esta vez, las pasiones han ganado la pelea. las distancias no son un límite, dos pasos hasta el perchero, uno hasta la mesa del teléfono, donde me espera sugerente el manojo de llaves, tres hasta la puerta, uno hasta el traicionero ascensor que siempre tarda mas de lo que a uno le conviene. El trayecto hasta abajo es ahora mas agradable que lo usual y al llegar a la planta baja el último intento del complot accidental contra la libertad, fracasa; a decir verdad, la estrategia no ha sido muy brillante, un simple desnivel en el suelo que se supera con sólo bajar la vista; paradójico. Ya pocos pasos me separan de la oscuridad y el exilio momentáneo, los hago rápido para evitar algún otro accidente. Ya está, tan simple como meter la llave, media vuelta, empujar y tirar y vuelvo a sentir la brisa, esta vez chocandome en el rostro, miles de cosas ocurren en cadena, cierro los ojos y hecho mi cabeza hacia atras, mirando al techo, respiro hondo y largo, me lleno los pulmones hasta sentir que van a reventar y aun un poco mas, se siente bien. Antes de comenzar la travesía enciendo un cigarrillo y lo miro atentamente procurando que se encienda bien, no vaya a ser cosa que un fuego poco abrasivo dé cuenta de amores poco afortunados. Comienzo a caminar por la desolada calle 5, algo tétrica en ésta medica cuadra, camino lento al principio, pero rápido y más rápido después, me duelen las piernas, la rapidez que me obsesiona se apodera de todo mi ser y en al rápido movimiento de mis piernas se recluye mi alma toda. Es inevitable, otra vez guiado por impulsos corro esforzándome por ir cada vez más rápido, ya ni distingo lo que pasa por mi lado, las puertas de las casas solo son haces de colores oscuros, difusos, sutiles, fugaces. Hago un esfuerzo por fumar mientras corro, no voy a mentir, duele al tragar el humo, mi corazón bombea pidiendo fin a tan brutal castigo, pero ya nada importa. Por alguna fuerza extraña abro los brazos, el viento es fuerte y cada vez parezco pesar menos: miro todo mi cuerpo, quiero parar, pero mis extremidades no responden, siguen aumentando exponencialmente el ritmo de la carrera que ya ha pasado de ser un simple paseo a una maratón incontrolable. Pedazos de mi ropa comienzan a rasgarse, la velocidad es cada vez mayor y las rasgaduras cada vez más grandes, pienso en el pudor, en la verguenza que seria para alguien como yo el correr desnudo pero el pensamiento es interrumpido por luces intermitentes azules y rojas; miro hacia atrás, un patrullero me sigue a toda velocidad, pero no me alcanza, ya puedo volver a fijarme en la extraña transformación que estoy sufriendo: mi piel comienza a arrugarse como una pasa de uva, arde mucho, mis muslos se vuelven cada vez más angostos y mis pies, ya descalzos debido a que las zapatillas de lona me abandonaron algunas cuadras atras, están en carne viva, el dolor es insoportable, el patrullero ha prendido las luces altas y mi sombra proyectada en el asfalto me devuelve una imagen perturbadora, tengo agujeros por todo el cuerpo que se hacen cada vez más grandes, son traspasados por la luz de una manera despiadada y continuan aumentando y aumentando a una velocidad apabullante. La carrera continua incrementando la velocidad de manera estrepitosa, la sirena del patrullero ya no se siente y hace ya bastante tiempo que corro por la ruta. La luz de la luna me atraviesa entero y de nuevo miro mi sombra, pero esta vez lo que veo es aún mas terrible, no veo mas que la silueta de un esqueleto, corriendo a una velocidad cada vez mayor, todo mi interior ha quedado desecho, por lo menos el dolor se ha ido aunque no comprendo como sobrevivo. La velocidad aumenta aun mas y con igual énfasis que al principio, me siento disolverne en el viento, primero los pies, despues los brazos, la cadera, el torso, mis dientes, mi cabeza, todo, al intentar encontrarme en el asfalto ya no hay nada, no veo pero puedo orientarme sin dificultad, subo, me elevo más y más, el mundo ya no es más que un todo homogéneo sin agua ni tierra, la velocidad continua aumentando y ya ni percibo, simplemente siento luz.

Grafield