Imagen: Ferf
“Aquel que todavía es niño, entenderá que los sucesos narrados aquí sucedieron realmente sin omisión o exageración alguna”
L.P.
L.P.
Era martes a la noche, yo iba por la desvelada avenida Santa Fe encaminado hacia el cine que se encuentra dos cuadras adentro por la calle Uruguay. Era un antro pequeño y bastante sucio, pero de gran corazón. Solían proyectar aquí películas de antaño que fueron consideradas “mediocres” para la crítica pero que un grupo bastante amplio de la población mundial las consideraba obras de arte. Yo pertenecía a este selecto club, aunque no sabía bien si éramos unos genios de ojo exquisito o simplemente unos idiotas con mal gusto.
Estaba emocionado; esa misma noche, al módico precio de un peso con cincuenta devoraría como zorro en corral “Máxima ansiedad” de Mel Brooks.
La cinta corría y la salsa de Harvey Korman era hilarante como de costumbre. Era como si Mel Brooks hubiera pensado “¿Hitchcock? ¡Ah! ¡Si! Yo quiero hacer algo así también”. Las diez personas que llenaban la mitad de la sala reían a más no dar.
Ese fue el instante que lo escuché, detrás de los aullidos a lo simio de los de adelante y dos asientos mas lejos de la carcajada de lluvia salival que largaba el tipo de mi derecha, comencé a oír un “Jo, Jo, Jo”… una y otra vez, festejando la escena que se mostraba y la que seguía después. Eché la vista al lugar donde se originaba esa distinguida manera de reír y llegué a ver un viejo con camisa a cuadros, cabellos completamente canos y una barba igual de inmaculada y larga hasta su pecho.
“No puede ser” me dije, “los del fondo están fumando tila, debe ser eso” y así seguí viendo el largometraje. Durante la media hora faltante, mis ojos, mente y oídos perdieron total contacto con las actuaciones desopilantes del gran Mel o con la sensual Madeline Kahn, que aquí se la veía mas endemoniada que nunca. ¿Sería… él? Debía averiguarlo.
Abandoné la sala despegando mis pasos de la viscosidad del suelo, un folclore que se da en todos los templos del séptimo arte del planeta. Me prendí un cigarro en la vereda del frente y me propuse esperarlo. Salía sonriente, texteando un mensaje en su teléfono celular, con la expresión de alguien que lee sánscrito por primera vez. Terminó su tarea y comenzó a caminar hacia Córdoba, a paso tranquilo; yo lo seguí detrás. Cuando estuve a unos metros de él, grité “¡Señor Noel!”. Nada. “¡Santa!”. Y Sin darse vuelta comenzó a caminar más rápido; aumenté mi paso también. Me acerque y lo toqué en el hombro, a la par de un “Disculpe”. “Nene, no se con quién me confundís, pero yo no soy ese tal Santa Noel que buscas” me contestó de manera brusca.
Ahora bien, detengámonos aquí. Si no hubiese sido quien yo pensaba que era no hubiese dado una respuesta semejante. Todos, de niños a ancianos conocen a Papá Noel, y cualquier viejo gordo y de barba que reciba una llamada así, lo tomaría como una burla, se enojaría o algo por el estilo. Nadie en el mundo respondería jugando al desorientado. Conclusión: era él.
Aclaro: yo creí en Papá Noel toda mi vida. Si, bastante ingenuo dirán algunos. Incluso cuando mis amigos o primos me intentaban contar su realidad, en la que los padres realizaban un complot maquiavélico, pinchando nuestra correspondencia para ver que pediríamos, gastando su dinero en los regalos para entregarlos a nombre de otra persona, comiéndose las galletitas y tomándose la leche, que ellos mismos nos hacían poner, ¡Ah, no señor! Yo no lograba dar fe a eso. Los adultos eran para mí personas serias y muy simples de entender, por lo cual sentía imposible que estuvieran de ganas para un trabajo de tal embustería, y menos aún que gastasen su tiempo productivo realizando una tarea en la que perdían dinero, y no obtenían ni siquiera el crédito de las gracias, ya que todo corría a nombre del tal Noel. Lo que creían mis amigos y primos era algo descabellado, como de cuento de hadas.
Por eso, en Noche Buena mientras todos dormían en mi casa, yo miraba al cielo desde la ventana esperando encontrar entre las estrellas ese trineo que volaba tirado por el célebre Rodolfo y su escuadrón de renos y comandados por el caballero escarlata de la sonrisa eterna. Luego de un tiempo mi “indagación Papanoélica” se fue desintegrando junto con mi infancia, y pasé a objetivos de mayor importancia, o por lo menos de una importancia más adulta.
Volví a tocarlo en el hombro y mas apoyado en las cicatrices de ingenuidad que quedaban en mi corazón que del miedo a hacer el ridículo ante un desconocido le dije “¡Dele Hombre! ¡Ya lo descubrí! Solo quiero que hablemos, no voy a hacer prensa” y así, rindiéndose me dejó caminar a su lado. Al pasar por un bar, lo invité una copa, a la cual accedió.
Comenzamos a charlar mientras el tomaba su leche y yo una cerveza. Y aquí viene el motivo de esta historia. Hablábamos del clima, de la película y de la situación política de la Argentina, cuando finalmente lo interrumpí y fui al grano.
-Bueno, suficiente – le dije – disculpe el atrevimiento, pero…yo quiero saber…
Y luego de un jo,jo,jo arrastrado (posiblemente embriagado ya por la gran cantidad de azúcar en esa leche) comenzó.
-“Querés saber, pibe… ya se. Todavía me acuerdo de vos L.P., eras ya todo un purrete pero no dejaste de creer. Capa’ que por eso di mano con vos acá en el bar, ¿tendé?.
Mirá, la cosa es bastante simple, y no tiene de la magia que manda la gaseosería esa famosa. Una vez al año yo agarraba el carro, y repartía a todos los pibes del mundo ¿me explico?. Cada cual en su casa ligaba bien. Pero no, no te la hacen fácil ¿eh?.
Quien sabe hace cuanto ya, que entro a las casas de este muchacho, todavía me acuerdo el nombre mirá. Era… Ricardo… Sí, Ricardo… de Flores. Nene jovencito, viste… Quería una bicicleta. No va que entro con la cusifai en la mano para dejársela, comienza a gritar y a macanearme. Traté de calmarlo ¿viste? De decirle que no levante la perdiz que se le iban a despertar los patrones, que…claro… si alguien me llegaba a ver yo me venía a pique. Pero no me dio pelota…laaa, un despe era eso…y no te cuento que se aparece con el viejo, un periodista de esos de los chismes… ¿amarillos son?...no, esos son los chino’…¡¿Como se llaman che!?..bueno…el muy turro venía con cámara en mano como para agarrarme ahí nomás… como negra en baile, subí la bici al carro y largué.
Y claro, date cuenta que el flaquito fue el único pibe del barrio que no tuvo regalo mío. La mañana del veintiséis tuvieron que salir los dos viejos del malcriado a comprarle la bicicleta porque sino…quien sabe que…
Y la cosa no termina acá… no señor…, Ricardito salió por los vientos con la cháchara de que los viejos ¿me entende’?, los viejos compran los regalos ¡y no yo!. Y por otro lado el turro del viejo hizo una tragada con los demás manyapapeles como él para madrugarme al año próximo. Te imaginarás a donde voy con esto… se siguió corriendo la bolilla… y al año siguiente no podía pisar buenos aires, dos años mas y no podía pasar por encima del país, cuando me di cuenta todo el mundo estaba en esa. Una boca le habla a una oreja que le cuenta a otra boca, y esta es la que llevó a Noel a la quiebra.
Como verás flaco, acá no hay Grincho, no hay Coca Cola, no hay Polo Norte, ni Chimeneas.
Yo puse una empresa fletera que fue un batacazo, hermoso… trabajaba una vez al año, y con eso manyaba todo el tiro hasta el siguiente veinticuatro. Pero que va a ser… uno aprende de estas cosas… ahora vivo en Marcelo T. al mil seiscientos viste…en frente a la placita del ministerio. Tengo que poner el aire acondicionado a seis grados y todavía me sigo garcando de calor. Para no ser menos le vendí el trineo a un circo ambulante, a Rodolfo le pegó la malaria y los demás palmaron en temporada de caza, ahora deben estar decorando el livin' de algún peregil.
Estaba emocionado; esa misma noche, al módico precio de un peso con cincuenta devoraría como zorro en corral “Máxima ansiedad” de Mel Brooks.
La cinta corría y la salsa de Harvey Korman era hilarante como de costumbre. Era como si Mel Brooks hubiera pensado “¿Hitchcock? ¡Ah! ¡Si! Yo quiero hacer algo así también”. Las diez personas que llenaban la mitad de la sala reían a más no dar.
Ese fue el instante que lo escuché, detrás de los aullidos a lo simio de los de adelante y dos asientos mas lejos de la carcajada de lluvia salival que largaba el tipo de mi derecha, comencé a oír un “Jo, Jo, Jo”… una y otra vez, festejando la escena que se mostraba y la que seguía después. Eché la vista al lugar donde se originaba esa distinguida manera de reír y llegué a ver un viejo con camisa a cuadros, cabellos completamente canos y una barba igual de inmaculada y larga hasta su pecho.
“No puede ser” me dije, “los del fondo están fumando tila, debe ser eso” y así seguí viendo el largometraje. Durante la media hora faltante, mis ojos, mente y oídos perdieron total contacto con las actuaciones desopilantes del gran Mel o con la sensual Madeline Kahn, que aquí se la veía mas endemoniada que nunca. ¿Sería… él? Debía averiguarlo.
Abandoné la sala despegando mis pasos de la viscosidad del suelo, un folclore que se da en todos los templos del séptimo arte del planeta. Me prendí un cigarro en la vereda del frente y me propuse esperarlo. Salía sonriente, texteando un mensaje en su teléfono celular, con la expresión de alguien que lee sánscrito por primera vez. Terminó su tarea y comenzó a caminar hacia Córdoba, a paso tranquilo; yo lo seguí detrás. Cuando estuve a unos metros de él, grité “¡Señor Noel!”. Nada. “¡Santa!”. Y Sin darse vuelta comenzó a caminar más rápido; aumenté mi paso también. Me acerque y lo toqué en el hombro, a la par de un “Disculpe”. “Nene, no se con quién me confundís, pero yo no soy ese tal Santa Noel que buscas” me contestó de manera brusca.
Ahora bien, detengámonos aquí. Si no hubiese sido quien yo pensaba que era no hubiese dado una respuesta semejante. Todos, de niños a ancianos conocen a Papá Noel, y cualquier viejo gordo y de barba que reciba una llamada así, lo tomaría como una burla, se enojaría o algo por el estilo. Nadie en el mundo respondería jugando al desorientado. Conclusión: era él.
Aclaro: yo creí en Papá Noel toda mi vida. Si, bastante ingenuo dirán algunos. Incluso cuando mis amigos o primos me intentaban contar su realidad, en la que los padres realizaban un complot maquiavélico, pinchando nuestra correspondencia para ver que pediríamos, gastando su dinero en los regalos para entregarlos a nombre de otra persona, comiéndose las galletitas y tomándose la leche, que ellos mismos nos hacían poner, ¡Ah, no señor! Yo no lograba dar fe a eso. Los adultos eran para mí personas serias y muy simples de entender, por lo cual sentía imposible que estuvieran de ganas para un trabajo de tal embustería, y menos aún que gastasen su tiempo productivo realizando una tarea en la que perdían dinero, y no obtenían ni siquiera el crédito de las gracias, ya que todo corría a nombre del tal Noel. Lo que creían mis amigos y primos era algo descabellado, como de cuento de hadas.
Por eso, en Noche Buena mientras todos dormían en mi casa, yo miraba al cielo desde la ventana esperando encontrar entre las estrellas ese trineo que volaba tirado por el célebre Rodolfo y su escuadrón de renos y comandados por el caballero escarlata de la sonrisa eterna. Luego de un tiempo mi “indagación Papanoélica” se fue desintegrando junto con mi infancia, y pasé a objetivos de mayor importancia, o por lo menos de una importancia más adulta.
Volví a tocarlo en el hombro y mas apoyado en las cicatrices de ingenuidad que quedaban en mi corazón que del miedo a hacer el ridículo ante un desconocido le dije “¡Dele Hombre! ¡Ya lo descubrí! Solo quiero que hablemos, no voy a hacer prensa” y así, rindiéndose me dejó caminar a su lado. Al pasar por un bar, lo invité una copa, a la cual accedió.
Comenzamos a charlar mientras el tomaba su leche y yo una cerveza. Y aquí viene el motivo de esta historia. Hablábamos del clima, de la película y de la situación política de la Argentina, cuando finalmente lo interrumpí y fui al grano.
-Bueno, suficiente – le dije – disculpe el atrevimiento, pero…yo quiero saber…
Y luego de un jo,jo,jo arrastrado (posiblemente embriagado ya por la gran cantidad de azúcar en esa leche) comenzó.
-“Querés saber, pibe… ya se. Todavía me acuerdo de vos L.P., eras ya todo un purrete pero no dejaste de creer. Capa’ que por eso di mano con vos acá en el bar, ¿tendé?.
Mirá, la cosa es bastante simple, y no tiene de la magia que manda la gaseosería esa famosa. Una vez al año yo agarraba el carro, y repartía a todos los pibes del mundo ¿me explico?. Cada cual en su casa ligaba bien. Pero no, no te la hacen fácil ¿eh?.
Quien sabe hace cuanto ya, que entro a las casas de este muchacho, todavía me acuerdo el nombre mirá. Era… Ricardo… Sí, Ricardo… de Flores. Nene jovencito, viste… Quería una bicicleta. No va que entro con la cusifai en la mano para dejársela, comienza a gritar y a macanearme. Traté de calmarlo ¿viste? De decirle que no levante la perdiz que se le iban a despertar los patrones, que…claro… si alguien me llegaba a ver yo me venía a pique. Pero no me dio pelota…laaa, un despe era eso…y no te cuento que se aparece con el viejo, un periodista de esos de los chismes… ¿amarillos son?...no, esos son los chino’…¡¿Como se llaman che!?..bueno…el muy turro venía con cámara en mano como para agarrarme ahí nomás… como negra en baile, subí la bici al carro y largué.
Y claro, date cuenta que el flaquito fue el único pibe del barrio que no tuvo regalo mío. La mañana del veintiséis tuvieron que salir los dos viejos del malcriado a comprarle la bicicleta porque sino…quien sabe que…
Y la cosa no termina acá… no señor…, Ricardito salió por los vientos con la cháchara de que los viejos ¿me entende’?, los viejos compran los regalos ¡y no yo!. Y por otro lado el turro del viejo hizo una tragada con los demás manyapapeles como él para madrugarme al año próximo. Te imaginarás a donde voy con esto… se siguió corriendo la bolilla… y al año siguiente no podía pisar buenos aires, dos años mas y no podía pasar por encima del país, cuando me di cuenta todo el mundo estaba en esa. Una boca le habla a una oreja que le cuenta a otra boca, y esta es la que llevó a Noel a la quiebra.
Como verás flaco, acá no hay Grincho, no hay Coca Cola, no hay Polo Norte, ni Chimeneas.
Yo puse una empresa fletera que fue un batacazo, hermoso… trabajaba una vez al año, y con eso manyaba todo el tiro hasta el siguiente veinticuatro. Pero que va a ser… uno aprende de estas cosas… ahora vivo en Marcelo T. al mil seiscientos viste…en frente a la placita del ministerio. Tengo que poner el aire acondicionado a seis grados y todavía me sigo garcando de calor. Para no ser menos le vendí el trineo a un circo ambulante, a Rodolfo le pegó la malaria y los demás palmaron en temporada de caza, ahora deben estar decorando el livin' de algún peregil.
Esa es la posta hermano. ¡Pero no te pongas mal flaquito! ¡la llevo piola! Vengo los martes acá al cine, mi señora hace trabajos de modista, visitamos hijos y nietos y hay tres enanos viviendo en recoleta que de vez en cuando pasamos o se pasan ellos a tomar unos mates…
Era lindo ser famoso… no te voy a decir que no… podías tener la mina que querías, manduquear leche y galletitas gratis… ¡Y de la mejor calidad eh! No es verso… un mundo que te quiere… y… me explico ¿no?... en fin…te digo… que ya no estoy pa esas cosas. Los años le enseñan a uno que no se puede pasar la vida en la punta de la montaña. En algún momento toca bajar, sentar cabeza y dedicarse a la familia y a los amigos que es lo que verdaderamente importa... ¿calá? Es así hoy y va a ser así en el dos mil quinientos
***
Era lindo ser famoso… no te voy a decir que no… podías tener la mina que querías, manduquear leche y galletitas gratis… ¡Y de la mejor calidad eh! No es verso… un mundo que te quiere… y… me explico ¿no?... en fin…te digo… que ya no estoy pa esas cosas. Los años le enseñan a uno que no se puede pasar la vida en la punta de la montaña. En algún momento toca bajar, sentar cabeza y dedicarse a la familia y a los amigos que es lo que verdaderamente importa... ¿calá? Es así hoy y va a ser así en el dos mil quinientos
***
Yo me fui a mi casa, contento por ese martes de mi Argentina que me dio una chispa de verdad, y un poco enojado con ese malcriado que se robó a Papá Noel del cielo.
Chan Chan
Chan Chan
Ferf
