jueves, 27 de noviembre de 2008

El cuaderno de Oro

Vincent Price



Allí estaba sentado en su taburete de pinotea, con la Ilíada abierta a tres cuartos de contenido, en el pequeño cuarto que rentaba a Doña Mirta. Un pequeño ventiluz dos cabezas mas altas que él invitaba a pasar los rayos de la luna llena del trece de noviembre, dando al ambiente una luz blanca cargada de polvo e insectos. Tres bibliotecas de siete estantes cada una se erguían un metro a su izquierda, a su derecha y detrás de él respectivamente. Se alojaban aquí textos de la mayor diversidad artística y científica, nunca siguiendo algún patrón lineal de conocimiento o de profesión, regidos únicamente por Eris, la diosa del caos quien no solo daba orden a sus libros sino también a su mente, su vida y su fe. La madrugada lo hacía mufar, pero sus ojos tan ávidos como cansados no querían decirle adiós a Homero.
Llevaba grabadas en su sien las tres luces que se le habían dado hasta el día, comenzando por su iniciación hacía ya diez años atrás. Recordaba cronológicamente en primer lugar la cara de Franz Hoss, un viejo loco que había sido la mano izquierda de las fuerzas nazis durante el régimen, y ahora reclutado en Buenos Aires, arrepentido y traumado por las atrocidades cometidas, quería dejar su legado a alguien de buen corazón. Así, lo hizo heredero de todos los conocimientos de la alquimia y astrología con las que aconsejaba a su Fuhrer en tiempos de juventud.
Luego venía el buen Miguel Felix, un libertino español quien, cumpliendo una ironía con Sócrates y Alcibiades, le mostró los tentáculos del placer sensual y le hizo vivir una larga temporada de carnaval porteño, dejándole con su partida los vicios del láudano (una solución de opio y alcohol) y las mujeres, dos componentes que lo ayudaban cuando las mareas de la mente subían y se hacía imposible para el capitán controlar la nave.
Por último pero no menos importante, llegaba Hernando Juaréz, un psicólogo de esos que almuerzan solo ensaladas y visten del mismo color que la lechuga, de un "look Freud-chic" (así lo llamaba su lado femenino, gran esteta y de buen ojo para el estilo) y parches en los codos de sus sacos le dejó tres etiquetas, siendo síndrome obsesivo compulsivo, síndrome de fausto y trastorno de bipolaridad cada una de ellas. Él las llevaba consigo, como la vaca lleva su marca que la identifica con el ganado perteneciente a un amo común, era el grito con que decía al mundo "¡hey! ¡Yo también vivo aquí!".

En estos diez años había logrado dividir sus semanas al orden natural. Si el necio le decía "hay días malos y días buenos", él sabía bien, que así como el cuerpo es simétrico en todas sus partes, la mente y el alma tambien lo son, mostrando esta última, de acuerdo al ciclo lunar y a los chakras regidos por la serpiente Kundalini, ciertos días un lado dulce y bondadoso y otros uno amargo y hostil, definidos cada uno en la santa biblia (La cual exploró no como objeto de fe sino a modo de mapa y guia a los interminables senderos del ánima) como Dios y Lucifer.
"Dios expulsando a Lucifer del paraíso y este apropiándose de los abernos, no es un hecho literal, sino la noción del ser humano reprimiendo sus instintos" escribía al mejor estilo Nietszcheniano en su "cuaderno de oro", como lo titulaba él, remitiéndose a la alquimia filosófica aprendida del viejo Hoss. En este pequeño anotador atesoraba sus más grandes logros, esos que aparecían en los fugaces instantes en que brillaba a la par de los sabios inmortales y aprendía de ellos como si estuvieran a su lado.

"El caso de Caín y Abel se ha interpretado como la naturaleza psicológica entre hermanos, como el triunfo de la agricultura sobre la ganadería, como la semilla del mal en el hombre negro, y como la leyenda del primer vampiro . Siempre hay un dios diferente de turno, sus palabras se leen iguales pero no siempre son las mismas."
Notas y notas de este estilo llenaban el cuaderno de oro. Trataban diversas religiones, desde el conocido cristianismo hasta las sectas perdidas en la historia como los Cátaros, o la tenebrosa Wicca.
Había también reflexiones políticas como "La utopía social se logra mediante la introspección de todos y cada uno de los individuos".
Infinitas eran las materias por las que zigzagueaba el cuaderno de oro. Sociales, químicas, sobre el conocimiento, sobre la estructura del hombre, y muchas mas. Para la mayoría de las personas que lo conocían, él era un genio de mente brillante, y, aunque estaba al tanto de dichos comentarios, no lograba alcanzar su plenitud. Seguía sediento, insaciable.

Ya casi terminaba la Ilíada. La madre luna seguía acariciándolo por la ventana mientras su pie comenzaba a repiquetear agitado en el suelo. Esa noche la luz debía llegar, su breve viaje al mundo inmortal tendría que estar en camino. Pero no, todo seguía igual. Homero, al igual que su interior, no le decía nada nuevo. Allí estaba. El plomo permanecía en plomo y no daba señales de volverse oro. Cerró bruscamente el libraco, se puso de pie y notó la furiosa tormenta que se desataba en su mente. Se percató de que ese trece de noviembre sería calvario y no redención. Un duro Valhalla, muy lejos del codiciado Nirvana. Miró el reloj. Tarde ya para llamar a su amante de turno y ahogar el abrasante fuego. Fue en busca del opio y el vino blanco. Los mezcló. Agregó los clavos de olor, el azafrán y la canela. Cogió la jarra cargada hasta el tope y se sirvió un vaso. Bebió. Todo seguía igual. Bebió más. Nada ocurrió. Luego de terminar el quinto vaso, cayó al suelo. Su sangre corría a la velocidad del sonido. Vio su cuaderno de oro al alcance de su mano y lo tomó en sus brazos. Sabía bien que su obra maestra no llegaría jamás y que ya era tiempo de morir. Cerró los ojos dispuesto a ser llevado a la barca.
Se le apareció entonces un hombre con el rostro de su padre quien le dijo, "Vamos, es hora de partir" mientras se acercaba a él. Estando a unos pocos pasos, el hombre extiende su mano. Ese fue el momento en que abrió los ojos de nuevo. Temblando, casi convulsionando por los efectos del láudano notó que su taburete seguía allí, junto con sus tres estanterías y su ventiluz.
Sus dedos, a pulso terrorífico tomaron la pluma, y, abriendo el cuaderno de oro comenzó a escribir.


***

Tres días después Doña Rosa forzó la puerta de la habitación para entrar y lo encontró muerto, ahogado en su propio vómito y con el cuaderno de oro a sus pies. En su última página escrita se podía leer lo siguiente:



"Diez años han pasado para el hombre, y trescientos he vivido yo. Mil velos corrí en el mundo que mil realidades me mostraron. Pude conversar con los siete sabios griegos, bebí vino e hice apuestas con Siddharta, susurré al oído de la Magdalena y profecé a los necios las verdades del Zoroastro. Fui árbol, tigre, perro, piedra y ola. Ciertas veces me empujó el viento y otras muchas me ahogué en mi propio océano. Viví, morí y volví a nacer. Cada luna fue un año y cada palabra un arma, un título real y un veneno. Destroné reyes, vencí ejércitos y corrompí a los inseguros.
Hoy, puedo ver, que la perla buscada, no estaba en esas ostras, el oro que ansiaba no estaba en las palabras. Hice fuego para una aldea entera, pero sus llamas no me confortaban. Poseí las más grandes riquezas y no tuve en qué gastarlas. Mil rostros besé y ninguno hoy recuerdo. Complejas melodías compuse y ninguna sentí como mía.
Sean estas mis últimas palabras. Ama, amigo mío, no dejes de amar. Es tentador buscar a Dios, pero ¿De qué sirve la búsqueda? y más aún ¿Cuál sería el objeto de encontrarlo?. Que no te importe si está ahí o no, y no busques tú ser él. No dejes mandar a la razón, pero tampoco se haga tirano tu corazón. No seas siempre una bestia, pero tampoco seas siempre demasiado humano. Deslízate por el camino del santo, pero no oprimas tu pecado. Habla con los niños, son los que más tienen para enseñarte. Vive por la mujer, es la causa de todos los males en el mundo, pero el mundo no sería nada sin ella. No corras soñando, pero tampoco gatees despierto. Saluda al sol cada mañana, espera un diamante cada día. Y por sobre todas las cosas ¡Ama! ¡Nunca dejes de amar!."


Estas últimas palabras fueron leídas por tres inquilinos del lugar y por la misma Doña Rosa.
Poco se ha podido rescatar del cuaderno de oro, ya que se encuentra en el cajón de la cómoda de Doña Rosa y no se lo muestra a nadie.


FERF